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Análisis Final:

La palabra es un derecho de todos

por Juan Carlos Grassi

En mi extensa trayectoria he tenido un vínculo estrecho con la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y sus hacedores y conozco de primera mano su valor como espacio de producción de cultura. Precisamente por eso me apena y disgusta tanto lo sucedido en su última edición, ya que fue la primera vez
que se quebró por completo la institucionalidad de la ceremonia de apertura y se apañó la censura y el escrache.

El ministro de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, y su par de la Ciudad de Buenos Aires, Enrique Avogadro, fueron abucheados y agredidos en pleno escenario y, ante el desamparo al que fueron sometidos por los organizadores,
paradójicamente, se vieron obligados a retirarse de un evento que rinde culto a la palabra sin poder hacer uso de ella.
Los funcionarios fueron escrachados por un centenar de docentes y alumnos de profesorados de la Ciudad de Buenos Aires que están en desacuerdo con un proyecto de ley que propone el cierre de 29 bachilleratos y la creación de una
única universidad para educadores. No sentaré posición sobre un reclamo que es ajeno a mi incumbencia y respeto el derecho de todas las personas a expresar sus reivindicaciones, siempre y cuando –y más aún en el marco de un evento cultural– se garanticen las condiciones para el diálogo entre las partes, la única base sobre la que se construyen acuerdos. No existió el derecho a réplica para los ministros.

Como lo expresaron Avelluto y Avogadro, los únicos responsables de garantizar la pluralidad y el respeto en el acto son los miembros del Consejo de Administración de la Fundación El Libro. La entidad organiza esta feria desde
hace 44 años y es llamativo que no hayan previsto el bochorno, teniendo en cuenta que se trató de una protesta planificada y que los manifestantes ingresaron con pancartas, panfletos y banderas a la vista de todos. Varios de ellos incluso usaron máscaras blancas para cubrir sus rostros. Este medio pudo
averiguar que el personal del control de acceso advirtió al staff de la organización sobre la intención de escrachar y que, de todos modos, desde la Fundación ordenaron dar rienda suelta al ingreso libre y gratuito.

Martín Gremmelspacher, presidente de la Fundación El Libro, declaró luego del papelón que “no es el rol de la institución reprimir una protesta”, una premisa atinada. Pero Gremmelspacher olvidó aclarar cuál sí es el rol de los
organizadores: establecer un protocolo de ingreso que garantice la seguridad, la institucionalidad y, principalmente, la pluralidad de la feria, porque la expresión es un derecho adquirido en democracia y no podemos claudicar en su defensa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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