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Análisis Final:

Una expresión de presente
y futuro

por Juan Carlos Grassi

No importa a cuántas exposiciones haya asistido una persona, ingresar en una feria es una invitación al asombro cada vez, y una oportunidad para poner en juego todos los sentidos. Allí siempre hay mucho para ver y para tocar; personas con las cuales dialogar y productos que probar. No pasan de moda porque su esencia está ligada a la satisfacción de un deseo humano: el de sentirse interpelado.

En nuestro país, su vigencia ha sido puesta a prueba en numerosas oportunidades, y las dificultades económicas actuales no son la excepción. Las empresas de la mayoría de los sectores productivos de la Argentina se encuentran dando batalla para no claudicar en un escenario recesivo; sin embargo, siguen invirtiendo en ferias y exposiciones, considerándolas un medio para salir adelante. Y los organizadores, por su parte, continúan arremangándose junto a sus clientes para preservar sus eventos.

Hasta el momento, esa apuesta no es en vano. Aun en las malas, las exposiciones siguen siendo efectivas como espacio de comercialización. Quizás la cantidad de expositores y el caudal de ventas no sean los mismos que en épocas de alto consumo, pero, sin dudas, los predios feriales continúan siendo un imán para profesionales y potenciales compradores. Así sucedió con la 12ª Arminera, la 63ª ExpoCaipic y la 101ª Efica, ambas del sector del calzado –uno de los más golpeados–; con la 26ª Batev + Fematec, de la industria de la construcción, y también se reflejó en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde las editoriales vendieron en mayor medida que en los comercios habituales.

El calendario ferial sigue activo porque las exposiciones funcionan; por eso, ahora más que nunca es preciso promoverlas y resguardarlas como espacio de intercambio comercial; pero también de relacionamiento político y humano.

En este sentido, es válido repudiar lo sucedido durante el acto inaugural de la Feria del Libro, donde, una vez más, los representantes del Gobierno fueron interrumpidos por el público invitado y solo lograron expresar a medias aquello que pretendían. Estas actitudes laceran la institucionalidad de la Feria, una caja en la cual deberían resonar todas las voces del arco político con la misma intensidad. La propia Fundación El Libro, que organiza el evento, está conformada por seis entidades y miles de socios, que aúnan esfuerzos para fomentar la actividad editorial, un propósito que trasciende las banderías partidarias. De ahí la importancia de que también la dirigencia de la entidad permanezca ajena a la llamada “grieta” política, porque preservar la pluralidad del evento cultural más convocante del país debería ser prioritario. Si las exposiciones siguen vivas en momentos económicamente difíciles, es también porque incluyen a todas las expresiones. 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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